Xena, un icono feminista

8/03/2018

Hombres y mujeres tenemos algo en común: nuestros cromosomas. Tenemos veintitrés pares, es decir, cuarenta y seis en total. De todos ellos solo un par nos diferencia: el par sexual. Resulta que de los dos cromosomas que determinan si la persona será biológicamente hembra o macho, el par de la mujer es un poquito más grande que el del hombre.

 

Cada día, nada más abrir la aplicación de Facebook, aparecen en pantalla varias publicaciones relacionadas con el feminismo. (Una breve aclaración al respecto: el feminismo es una corriente de igualdad, no de “la mujer sobre el hombre”. Dicho esto (que he creído necesario después de haberlo hablado hace unos días con dos conocidos que creían que el feminismo era lo opuesto al machismo (o sea, pensaban erróneamente que el feminismo era una actitud de prepotencia de las mujeres hacia los hombres), sigo.

Una de esas publicaciones llamó mi atención en especial: el título era algo como “Xena, princesa, guerrera, e iconazo feminista”.

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Siendo niña, la serie de Xena, la princesa guerrera, (junto a La Doctora Quinn, lo reconozco), eran dos de mis series favoritas. ¡Tengo docenas de recuerdos sobre ellas y alrededor de ellas! Meriendas en familia después de hacer los deberes viendo cómo se las arreglaba la doctora en el oeste. Y desayunos tardíos los fines de semana emocionada con las luchas de Xena contra sus enemigos.

Este artículo viene propiciado porque jamás siendo pequeña caí en que esas protagonistas fuesen mujeres. Simplemente no  hacía distinción. Para mí no era importante si la heroína tenía pechos o bien, unos triceps abultados. Tan solo era consciente de lo que encarnaba: fuerza, empatía, valor, amabilidad, respeto y admiración.

 

Si reflexiono al respecto, y trato de encontrar el porqué de esa simple lógica, la semilla de ello la tengo que buscar en mis padres. En la educación que me dieron día a día. Ellos daban por hecho, y así me lo transmitían, que con esfuerzo, constancia e ilusión, podría llegar a donde quisiese. O como mínimo, me animaban a intentarlo. ¿Que tropezaba en el intento? Pues a levantarse, María. Y a aprender por qué te has caído.

Esa manera de pensar fue inundando mi forma de ver el mundo sin que yo fuera consciente siquiera.

Jamás me transmitieron que por haber nacido con un trozo más de cromosoma que los hombres, yo era menos que ellos. Tampoco más. Simplemente iguales.

 

 

Queridos lectores, pronto más.

María Jeunet.

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